“La Unión por el Mediterráneo, ante los grandes desafíos de la región”

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Artículo de Zouhair El Hairan.

La Unión por el Mediterráneo[1], cuya sede es Barcelona, contempla la creación de una zona de libre cambio de prosperidad compartida en la región mediterránea. La Unión por el Mediterráneo (UpM) los siguientes objetivos: la liberalización de las economías de los países terceros mediterráneos (PTM); la integración de estos países en los mercados mundiales; y el aperturismo comercial. Esta declaración se basa también en la asociación política; la económica y financiera; y la cooperación. A los países terceros vecinos, y en palabras de Romano Prodi, se les ofrece “todo menos las instituciones”.

 

La Asociación Euro-Mediterránea, un proceso que se lanzó hace 23 años, ha tenido como principal obstáculo o desafío la cuestión palestino-israelí. Otro desafío fundamental es el conflicto sirio y la crisis de refugiados que ha suscitado en la región euro-mediterránea. Cabe destacar que países como Turquía, Líbano, Jordania o Irán reciben hay más refugiados instalados que en todos los países de la Unión Europea. Otro reto de vital importancia es la inclusión de Turquía a la Unión Europea (UE), incorporación que fue defendida en su momento por el Gobierno de Rodríguez Zapatero. El proceso ‘euro-mediterráneo’ se hace esencial por tres cifras básicas: hay unos 250 millones de habitantes en la orilla sur del Mediterráneo; el PIB es unos ocho veces menor que el de la Unión Europea (UE); y el más del 50% de los intercambios comerciales de estos países se efectúa con la UE. La población joven en la ribera sur y su escasez en la norte, seguirán punteando el perfil demográfico de ambas orillas del Mediterráneo. Hay que apuntar que para firmar un acuerdo de libre comercio con la UE, es preciso realizar determinadas reformas en el ámbito económico, así como determinadas reformas de funcionamiento, a lo que el poder político se resiste en el caso de los países del sur mediterráneo. Además estos países sólo pueden plantearse la asociación con Europa si se unen entre ellos mucho más de lo que lo están actualmente.

 

El éxito del desarrollo de las relaciones entre el Norte y el Sur radica ante todo en la capacidad de los países del Sur de realizar transformaciones económicas y políticas, así como la modernización del aparato del Estado, para así tener mayor visibilidad. No obstante, una gran ventaja de este proceso es que ha permitido una mayor sensibilización de los países del norte hacia los problemas de los países de la orilla sur del Mediterráneo, al mismo tiempo que recalca la necesidad de un interés mayor de los países socios 

mediterráneos de la orilla norte, sobre todo en lo que concierne a temas no económico-financieros. Promover e impulsar los procesos de democratización también es esencial, para paliar el déficit democrático de los países sur del mediterráneo, a excepción de Túnez, que va en buena senda después de la ‘primavera’ árabe y un ejemplo a seguir en la región.

 

Creo que es importante destacar la importancia de algunos hechos del pasado, que probablemente ayudan a entender mejor la situación actual en la franja sur del Mediterráneo. Uno de los principales desencuentros “euro-árabes” fue la creación del Estado de Israel en 1948, que desencadenó sucesivos conflictos y guerras entre este y otros países árabes, y la falta de proyecto real de un Estado Palestino hasta el momento. Además, nos encontramos con las desavenencias históricas que supuso la independencia de las naciones en Oriente Próximo y en el Magreb de las potencias europeas, principalmente francesa y británica. Los magrebíes, que habían participado en la guerra contra la Alemania nazi y en la liberación de varios países europeos, no habían comprendido que, en 1945, París no había hecho ningún reconocimiento de su soberanía. Posteriormente a esta época, se puede decir que los regímenes europeos se mantuvieron más favorables a los israelíes que a los árabes y a los regímenes conservadores que a los dirigentes nacionalistas, caso del egipcio Nasser en 1956. Lo curioso es que estos nacionalistas, acusados muchas veces de “dictadores”, eran tan modernistas que pretendían asegurar el desarrollo de su país inspirándose en el modelo europeo, lo que podría ayudar a entender la falta de confianza de todo aquello que procede de la orilla norte del Mediterráneo.

 

Otro desencuentro es la cuestión de los reagrupamientos regionales. En nombre del principio del “divide y vencerás”, las antiguas potencias coloniales no favorecieron hasta comienzos de los años 80 las tentativas unitarias del conjunto del mundo árabe. En efecto, existe la Liga Árabe[1], que fue fundada en 1945; sin embargo, no es más que una adición de Estados que se ha mostrado realmente inoperativa e ineficaz tanto a nivel económico como político y de cooperación. Además, los miembros de la Liga Árabe consideran que la UE es como una fortaleza frente a ellos, con la que es imposible competir a nivel político y, sobre todo, económico. La Unión del Magreb Árabe (UMA)[2], creada en 1989, es más de lo mismo y realmente nulos progresos se han logrado dentro de su seno, a sabiendas del embargo impuesto a Libia en los años 80 y la grave situación de Argelia en los años 90, sin olvidar el conflicto del Sáhara.

 

La primera Guerra del Golfo fue una cuestión que afectó negativamente al Mundo Árabe y, nunca, desde la creación de la Liga Árabe, este se había mostrado tan dividido desde Irak a Marruecos. En lo que se refiere a cuestiones económico-tecnológicas, los dirigentes modernistas habían optado por un ‘desarrollismo populista’ que se decantó más por la industrialización que por la agricultura, así que cuando llegó el momento de ocuparse de esta última, fue para mecanizarla. Los países árabes, incitados por Europa y los EEUU, compraron fábricas sin antes darse los medios para generar su propio camino hacia la industrialización. Después de 60 ó 70 años de independencia, estos países han descubierto, lamentablemente, que siguen dependiendo excesivamente del extranjero y de Europa. Por añadidura, la intervención bélica en Irak de 2003 sin el amparo de Naciones Unidas, de la que eran partidarios el Reino Unido y España, ha vuelto a suponer un vuelco sin precedentes a la relación entre Europa, en general, y el Mundo Árabe. Cabe recordar, también, las recientes agresiones de Israel contra los palestinos en la Franja de Gaza, así como la ausencia del papel diplomático de la UE. No obstante, en un sentido histórico, se ha podido demostrar un entendimiento válido “euro-árabe”, en el que la solidaridad entre las culturas ha sido siempre la base de las síntesis constructivas, el bienestar social es el objetivo común de ambas riberas del mediterráneo.

 

Es importante subrayar que la mayoría de las importaciones y exportaciones de los países de la UMA se llevan a cabo con la UE, otro porcentaje mínimo con los EEUU y otro prácticamente imperceptible con el resto de países africanos y de Oriente Próximo. Por ello, la implicación de la UE, ahora más que nunca, se hace providencial, sobre todo para afrontar los grandes retos y desafíos que se avecinan. De hecho, considero que esta cooperación es urgente y necesaria para la prosperidad de los países árabes y la región euro-mediterránea. Esto podría incidir también en una disminución de los movimientos extremistas de tipo religioso y en la reducción de las fuerzas terroristas de Al-Qaeda, Daesh y sus grupos asociados en la región del Mediterráneo. Asimismo, la cooperación y la democratización son las herramientas más eficaces para garantizar la seguridad en la región, muchísimo más que blindar las áreas fronterizas. La Unión Europea, a su vez, debe tener un poder más preponderante como ‘poder normativo internacional’ en la implicación y resolución del conflicto sirio.

 

No hay que olvidar el elevado número de ciudadanos de origen magrebí que residen en suelo europeo y que tienen mucho que decir y hacer en materia de esta Unión por el Mediterráneo. Para ello, realmente haría falta una cooperación concebida en términos de codesarrollo entre iguales. Quizás una zona de libre mercado  entre la Asociación de la Euro-Mediterránea y la Liga Árabe en su conjunto sea una de las claves de la prosperidad para las zonas más desfavorecidas. Una Unión Europea unificada con el resto de países mediterráneos y árabes podría ser una de las grandes estrategias geo-políticas, lo que sería altamente beneficioso para nuestra región del Mediterráneo y de gran atractivo para la inversión internacional.  

 

Realmente, de poco sirve esconder o tratar de relativizar los obstáculos y desafíos, es preciso que se pongan sobre la mesa y que se debata absolutamente todo, porque evidentemente hablamos de un proceso y de unas transformaciones muy difíciles de materializar. Hay que reconocer que la situación de los Derechos Humanos y de la práctica de la democracia es muy triste en casi todos los países árabes mediterráneos debido, por lo que el poder político de allí debe emprender reformas con urgencia. A nivel político y económico, muchas de las carencias se deben a las propias contradicciones de los gobiernos y a la mala gestión de estos. Es fundamental que Europa y las instituciones de la Unión Europea se den a conocer mejor en los países árabes. Allí es donde el papel de la UE resulta fundamental como modelo de zona libre económica y de prosperidad y así aprender de su savoir-faire en gobernanza, sobre todo en materia económica y de cooperación, consolidando una relación de tú a tú, sin paternalismos. No obstante, no hay que ser pesimistas y es necesario creer en el entendimiento entre las dos orillas del Mediterráneo, especialmente por todo lo que compartimos, por nuestro pasado y nuestra historia; pero también por el futuro y porque intentar blindar la política fronteriza y de seguridad, sería contraproducente para la prosperidad de esta región. Quizás en un futuro, al mismo tiempo que se vaya consolidando este ‘Proceso de Barcelona’ en la capital condal, se empiece a hablar también del ‘Proceso de Gaza’ para la creación de un Estado Palestino. La Unión por el Mediterráneo, que encarna el espíritu del Mare Nostrum, aúna esfuerzos diplomáticos y de cooperación que resultan esperanzadores para la región en los difíciles tiempos que corren.

 

Acerca del autor:

Zouhair El Hairan es doctorando del Departamento de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Pompeu Fabra. Máster en Ciencias Políticas/Democracias Actuales por la misma universidad, y Máster en Mundo Árabe e Islámico por la Universidad de Barcelona. Zouhair también es secretario de la organización Euro-Árabe, miembro de la Asociación Unesco por el Diálogo Interreligioso, y miembro del Col·legi de Periodistes de Catalunya. Página web personal: http://zouhairhairan.com    

 

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[1] La Unión para el Mediterráneo, conocida inicialmente como Proceso de Barcelona (en francés: Processus de Barcelone: une Union pour la Méditerranée; en inglés Barcelona Process: Union for the Mediterranean), es un organismo internacional surgido del programa de colaboración y desarrollo de relaciones internacional que agrupa a 43 países y a más de 760 millones de ciudadanos de todos los Estados miembros de la Unión Europea y Estados norteafricanos y de Oriente Medio del ámbito mediterráneo, miembros a su vez de la Liga Árabe. Este programa fue oficialmente adoptado durante la Cumbre de París para el Mediterráneo mantenida en la capital francesa el 13 de julio de 2008. La UPM se organiza en torno a una Secretaría General y 6 vicesecretarías, relacionadas con el desarrollo emprendedor y el empleo; la educación superior y la investigación; los asuntos sociales y civiles; el agua y el medio ambiente; el transporte y el desarrollo urbano; y la energía y la acción por el clima. Más información se puede encontrar su página web oficial: http://ufmsecretariat.org

[1] Página web oficial de la Liga Árabe o la Liga de Estados Árabes: http://www.lasportal.org.

[2] Página web oficial de la Unión del Magreb Árabe (UMA): http://www.maghrebarabe.org/.

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